Si hay un estado a nivel nacional donde la complejidad aliancista de Morena alcanza sus expresiones más barrocas, ese es Hidalgo. Tierra de redes superpuestas, lealtades heredadas, geografías políticas que no coinciden con los mapas electorales.

Marco Antonio Rico dirigente estatal de MORENA, ha reconocido, con la prudencia de quien pisa sobre vidrio, que “no existe acercamiento ni ruptura, por ahora”, y explora una posible futura alianza con PT y PVEM.

La capacidad de articular acuerdos locales, incluyendo la posibilidad de tender puentes con sectores universitarios e independientes en candidaturas municipales y distritales estratégicas, será una variable que la nueva Comisión de Elecciones deberá leer con cuidado. Porque en Hidalgo, como en cualquier entidad donde el poder local tiene raíces profundas, las encuestas nacionales dicen poco y los pactos territoriales dicen todo. Quien controle las alianzas en Pachuca, Tulancingo, Huejutla, Tula, Actopan e Ixmiquilpan controlará el resultado de 2027. Y quien gane 2027 en Hidalgo llegará con ventaja real a la gubernatura en 2028.

El reto no es menor. La historia reciente de la entidad está marcada por grupos de poder con capacidad de moverse entre partidos con una fluidez que desafía cualquier lealtad ideológica. Morena tendrá que decidir si impone sus reglas o si negocia espacios. Y esa decisión, en Hidalgo más que en ningún otro lado, pondrá a prueba si los principios anunciados por la presidenta Sheinbaum, encuestas vinculantes, equidad en candidaturas, separación obligatoria de cargos, tienen verdadero peso institucional o son retórica de preelectoral.

Sería cómodo, pero también ingenuo, leer todo esto exclusivamente al interior de MORENA. Porque mientras el partido vive sus propias batallas, la oposición dada por muerta con una insistencia casi litúrgica desde 2018, acumula señales de vida que merecen ser tomadas en serio. Y que no hay que descartar.

Una oposición fragmentada, como se ha demostrado elección tras elección, es el mejor regalo que se le puede dar al partido en el poder.

Pero la volatilidad del electorado, particularmente entre la juventud urbana, ya no votan por herencia sino por convicción o por hartazgo. Es el factor que nadie puede controlar del todo. Ni Morena ni la oposición. En las elecciones del 2027 un punto porcentual puede ser la diferencia entre la mayoría calificada en los congresos locales y el federal, o su pérdida.

La designación a nivel nacional de Citlalli Hernández en la Comisión de Elecciones de MORENA es, en su dimensión más honda, un reconocimiento de que el poder no se sostiene solo con votos sino con tejido político. Que las alianzas, incómodas, costosas, llenas de concesiones que a veces duelen, son el precio de la gobernabilidad. Que quien llega a un proceso electoral creyendo que su fuerza lo exime de negociar ya ha comenzado a perder, aunque todavía no lo sepa.

Sheinbaum lo sabe. Alcalde lo sabe. Y ahora, con Hernández en la Comisión de Elecciones, el partido tiene a alguien capaz de recordárselo a todos los demás, incluidos aquellos aliados que de vez en cuando olvidan que la coalición no es solo un arreglo electoral sino la condición de posibilidad de cualquier transformación que aspire a durar.

Morena lo sabe. O al menos lo intuye. Y esa intuición, traducida en la figura de Citlalli Hernández presidiendo la Comisión Nacional de Elecciones, es quizás el movimiento más inteligente del partido en lo que va del sexenio. Lo que parece un ajuste menor suele ser el movimiento que decide la partida.

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Last modified on Lunes, 20 Abril 2026 00:01