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La noticia del abatimiento del líder del CJNG, dejo ayer múltiples bloqueos y ataques diversos a nivel nacional como respuesta.
En los años ochenta, el Cartel de Guadalajara bajo figuras como Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero, el modelo era vertical, discreto y profundamente infiltrado en estructuras de poder. La regla era sencilla: comprar protección, mantener bajo perfil y evitar la confrontación pública que encendiera reflectores.
Esa lógica se rompió con la fragmentación. Las capturas no extinguieron el negocio; lo atomizaron. Y en esa atomización surgió una generación distinta, más militarizada, mediática y empresarial. El CJNG refleja esa nueva etapa: células autónomas, despliegue táctico, propaganda armada, reclutamiento y una vocación explícita por demostrar fuerza en el espacio público.
Lo ocurrido ayer tras el operativo que culminó con la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, el líder del CJNG, y la aprehensión de su hijo, encaja en un patrón de guerra asimétrica aplicada al crimen: no se busca derrotar frontalmente al Estado, sino desgastarlo, obligarlo a dispersar recursos y, sobre todo, proyectar la imagen de que la autoridad siempre llega después. Y en política, llegar después es perder narrativa.
No se trata únicamente de vengar a un líder. Se trata de enviar un mensaje doble: al Estado y a la sociedad.
Al Estado, para demostrar que la estructura no depende de un solo mando. La descentralización, células con capacidad operativa inmediata que nos recuerda a las células militarizadas del cartel de los zetas, les permite respuestas rápidas sin esperar órdenes centralizadas. Es diseño organizacional, no espontaneidad. La muerte de su líder no paraliza; activa protocolos.
A la sociedad, para sembrar la duda. Cada bloqueo no solo obstaculiza el tránsito; instala la pregunta: ¿quién controla realmente el territorio en ese momento?
La percepción se convierte en campo de batalla. Si durante horas o días la movilidad depende más del cálculo criminal que del orden institucional, la confianza se resquebraja.
La violencia coordinada y difundida en tiempo real tiene un efecto multiplicador. En la era digital, un camión incendiado circula más rápido que cualquier comunicado oficial. No es insurgencia ideológica; es pragmatismo criminal con tácticas de intimidación pública. Pero el efecto puede ser similar: erosión de legitimidad.
La evolución del narcotráfico mexicano muestra aprendizaje constante. Cada golpe institucional produce adaptación. La pregunta de fondo no es si el Estado puede neutralizar liderazgos, ha demostrado que sí, sino si puede impedir que la respuesta criminal convierta esos golpes en episodios de incertidumbre colectiva.
Porque en esta fase del conflicto, la disputa no es solo por rutas o plazas. Es por la confianza. Y cuando la confianza vacila, el terreno se vuelve fértil para quien mejor administre el miedo. ¿Quién esta tras tan perversa estrategia?
El reto es claro: la fuerza sin continuidad no basta. La autoridad necesita presencia sostenida y credibilidad cotidiana. De lo contrario, cada operativo exitoso corre el riesgo de convertirse, paradójicamente, en una vitrina para la siguiente demostración de fuerza criminal.
X @David_Tenorio