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Apapacho

Julio 19, 2026 72

Las palabras también migran. Cruzan calles, mercados, cantinas y oficinas, y cuando por fin se asientan, ya nadie recuerda de dónde vinieron.

México ha hecho de esa migración un arte propio, convirtió el náhuatl en cotidianidad, el habla campesina en poesía y el desparpajo urbano en filosofía de banqueta. No hablamos español, hablamos mexicano, y eso es una forma de estar en el mundo.

Decimos “chido” y “padre” en vez de “genial”, decimos “neta” cuándo queremos jurar sin jurar, decimos “órale”para casi todo, porque una sola palabra que sirve de asombro y de advertencia es una economía verbal que ningún manual enseña, y firulais para describir a cualquier can. El extranjero que aprende español llega a México y descubre que el idioma que memorizó es apenas el borrador de otro idioma más vivo, más terco y más nuestro.

Hay términos que vienen del náhuatl y que ya nadie percibe, como “chamaco”, “milpa”, “tianguis”, “guajolote”, y “cuate”. Se incrustaron tan hondo que son parte del idioma. Entre todos ellos brilla “apapacho”, mi favorita, palabra que no traduce el abrazo sino que lo mejora, acariciar el alma con la mano. Ningún idioma vecino tiene un verbo tan preciso para ese gesto, y por eso el mundo entero empezó a pedirlo prestado. Otros nacieron de la calle y de la necesidad de nombrar sin que el nombre ofenda:”chamba” en vez de “empleo precario”, “ratero” en vez de delincuente, “compa” en vez de ciudadano cualquiera. El mexicano prefiere lo cercano a lo abstracto, por eso desconfía de las palabras largas y ama los diminutivos, esos que suavizan hasta la muerte, “ahorita” puede significar ya, en un rato o nunca, y solo el tono decide.

También hay mexicanismos de moda, esos que la “polaca” y las redes sociales imponen como obligatorias. Se dice “conservador” para descalificar sin argumentar, y “fifí”para no decir clase acomodada. Se dice pueblo bueno como si el pueblo fuera uno solo y siempre tuviera razón, y cuarta transformación con mayúsculas, como quien nombra una era antes de que termine de escribirse. La “polaca” mexicana, igual que la colombiana que describía Piedad Bonnett, tiene sus regiones, sus trazabilidades y sus narrativas, aquí les llamamos historias, y todos, oficialistas u opositores, insisten en tener la suya.

La “polaca” habla de grilla para todo lo que huele a intriga de pasillo, y de cuatismo cuando el cargo se reparte entre amigos y no por méritos. Del “tapado” que es el político que aspira a la presidencia o gubernatura, pero que cuya candidatura se mantiene en secreto o no se hace pública oficialmente. Y la “cargada” que es el alineamiento inmediato de políticos y grupos de poder con el candidato elegido.

No todo mexicanismo nace de la calle; algunos los fabrica el poder. Empoderamiento llegó traducido del inglés y hoy lo usan lo mismo activistas que funcionarios, aunque casi nadie se detenga a pensar qué significa exactamente empoderar a alguien. Transversalidad se volvió requisito de todo programa público, y gobernanza sustituyó a gobierno porque suena más técnico, aunque diga menos. El lenguaje burocrático mexicano tiene esa costumbre, alargar la palabra para acortar el compromiso. 

Y sin embargo, lo mejor del habla mexicana sigue siendo lo que nace sin permiso. El “no manches”, el está “cañón”, el “ya ni la amuelas”, el “me late” que resuelve una decisión sin explicarla. Son expresiones que no buscan la Academia; buscan la conversación. Nombran el asombro, la indignación o el cariño con una precisión que cualquier sinónimo culto envidiaría. 

Los mexicanismos, en suma, no son un defecto que corregir sino un patrimonio que documentar. Cada palabra chueca, cada diminutivo, cada eufemismo político es una fotografía del país en el momento en que se dijo. El día en que dejemos de acuñarlas, no habremos mejorado el idioma, lo habremos vaciado.

@David_Tenorio

 

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Last modified on Domingo, 19 Julio 2026 21:53