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Huichapan: la política como costumbre virtuosa

Junio 29, 2026 58

Hay casas donde la política no se aprende, se respira. En la de los Rojo, en Huichapan, ocurrió así durante tres generaciones. José Antonio Rojo García de Alba no decidió un día dedicarse al servicio público como quien elige una carrera; creció en una mesa donde la conversación pública era tan cotidiana como el pan, y ahí, sin proponérselo, se formó su vocación. 

Ese origen explica algo que las encuestas no miden: la fe que despierta y el entusiasmo que contagia. Ayer, en el homenaje a su abuelo, Huichapan y personajes de todas las regiones del estado no acudieron por costumbre ni por curiosidad. Acudieron porque reconocen en él,  algo que ya conocían en su padre y en su abuelo: la certeza de que la política, bien entendida, es una forma de servir y no una manera de mandar. 

Don Jorge Rojo Lugo lo repetía con una frase que sus colaboradores nunca olvidaron: “el político ni se compra ni se vende”. Quienes lo trataron de cerca cuentan algo todavía más revelador, jamás tuvo enemigos, y a quienes se le opusieron en el camino nunca les devolvió intemperancia alguna. Ahí está, sin necesidad de explicarla, la tradición que José Antonio hereda: el respeto al individuo y a su manera de pensar, incluso cuando esa manera de pensar choca con la propia. Esa tradición, no la sangre, es la que da autoridad moral a un apellido.

Porque la virtud, decían los clásicos, no se improvisa, se cultiva con la repetición hasta volverse segunda naturaleza. Eso es exactamente lo que el Grupo Huichapan practicó durante décadas, generación tras generación, gobierno tras gobierno: una costumbre de servicio público ejercida como hábito, no como oportunidad. José Antonio no representa la nostalgia de ese hábito. Lo representa en presente, como quien continúa una conversación que su familia nunca dejó de tener con su tierra.

Por eso la plaza llena en el homenaje de ayer no fue un gesto sentimental hacia el pasado. Fue la prueba de que la colectividad, cuando reconoce vocación verdadera, responde con un vigor que ningún operador electoral puede fabricar desde un escritorio. Ese entusiasmo no se compra con autobuses ni se simula con acarreo, se gana con años de cercanía, de visitas sin cámaras, de escuchar antes de hablar. Quien estuvo ahí lo notó: la gente no iba a recordar, iba a confiar. 

Y en el centro de esa confianza está la herencia más profunda de Javier Rojo Gómez: la justicia distributiva. Su gobierno repartió miles de hectáreas entre quienes las trabajaban y ayudó a fundar la organización que dio voz política al campesinado mexicano. Esa idea que la tierra y la oportunidad deben repartirse, no acumularse, es la que José Antonio recoge hoy, actualizada para un Hidalgo donde la mejor manera de abatir la desigualdad es con mayores oportunidades de acceder a la educación y al empleo. 

Se ha dicho que la buena política es como el águila que vuela más alto, no porque se aleje de la tierra, sino porque desde la altura ve el panorama entero y puede guiar mejor a quienes caminan abajo. José Antonio Rojo García de Alba parece entenderlo así. No busca distancia del terruño que lo formó; busca la altura necesaria para servirlo con visión más ancha. Esa, y no otra, es la lectura que Huichapan dejó este 28 de junio: la de un linaje que no pide ser recordado, sino seguir siendo útil.

X @David_Tenorio 

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Last modified on Lunes, 29 Junio 2026 14:48