En 1962 el presidente John F. Kennedy quiso reorganizar el Partido Demócrata para las elecciones de mitad de período, no convocó a una gran conferencia ni emitió un comunicado solemne. Llamó a sus operadores de confianza, les dijo quiénes entraban y quiénes salían, y al día siguiente el mundo lo leyó en los periódicos como si hubiera sido un proceso orgánico. El poder real, aprendió Kennedy de Roosevelt, nunca anuncia, ejecuta.
En menos de cien horas, la presidenta Claudia Sheinbaum desmanteló la estructura partidaria que el expresidente López Obrador le heredó o, mejor dicho: le dejó sembrada, y la sustituyó por una propia. La salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia de Morena no fue una sorpresa para nadie que preste atención; llevaba semanas cocinándose. Lo que sí merece análisis es la velocidad, la precisión y, sobre todo, el mensaje que el movimiento completo envuelve: el relevo respondía a la urgencia de recuperar el control territorial del partido y disciplinar su estructura de cara a las elecciones de 2027.
El pasado 22 de abril, Sheinbaum invito públicamente a Alcalde para encabezar la Consejería Jurídica del Ejecutivo federal. El eufemismo es elegante, casi generoso. Una “invitación presidencial” de ese calibre no se rechaza, en reserva tampoco se agradece del todo, es un ascenso que funciona como retiro. Alcalde queda en el gobierno, visible pero controlada, sin estructura propia y sin agenda independiente. Una manera civilizada de saldar cuentas.
Con ella se va, de facto, el proyecto de Andrés Manuel López Beltrán como heredero político del fundador. Fuentes cercanas al partido revelaron que en su lugar llegarían Ariadna Montiel y Esthela Damián Peralta. El hijo de AMLO, que nunca terminó de cuajar como figura autónoma, se encamina a la dirigencia capitalina, donde Héctor Díaz-Polanco fracturó la relación con el Verde y dejó pendiente una papa caliente. Cuidar al hijo del fundador sin entregarle nada que importe es, también, una manera de ejercer el poder: se le acomoda, se le contiene, se le administra.
El tablero que queda después del movimiento es revelador. Ariadna Montiel, actual secretaria de Bienestar, será quien tome las riendas de Morena, y Citlalli Hernández ocuparía la Secretaría General. Dos mujeres con lógicas distintas pero complementarias. Montiel llega con el mapa territorial, con la experiencia de años de operar la red de programas sociales que es, en los hechos, el músculo más poderoso de Morena en el territorio. Citlalli llega con la habilidad negociadora, con los contactos en el Senado y con experiencia en la administración de las alianzas con el PT y el Verde, hoy no representan una coalición estable.
La distribución no parece casual porque no lo es. Son dos instrumentos distintos para un mismo propósito: que las decisiones sobre candidaturas, territorios y alianzas de cara a 2027 se tomen en la Presidencia de la República y no en otra parte. El Consejo Nacional sesionará el próximo 3 de mayo bajo la presidencia de Alfonso Durazo para formalizar el relevo.
Los focos rojos no desaparecen con el cambio de estafeta. En Coahuila las encuestas no les pintan bien. Sinaloa, Zacatecas, Baja California y San Luis Potosí siguen siendo territorios donde la tensión interna no se resuelve sola. La salida de Esthela Damián de la Consejería Jurídica para buscar la candidatura a la gubernatura de Guerrero abre un frente adicional, tendrá que pelear internamente contra el cacicazgo del senador Félix Salgado Macedonio, que no suelta su feudo sin negociación costosa.
Lo que Sheinbaum ejecutó esta semana no es una purga como se interpretó. Es algo más sofisticado y, a la larga, más efectivo: una normalización. El partido deja de ser el terreno donde el presidente emérito puede mover los hilos a distancia y se convierte en una herramienta funcional de la jefa del Ejecutivo. Los movimientos gestados con la gira por Hidalgo, donde la presidenta adelantó que “platicaría” con Montiel, ese eufemismo que en realidad significa “ya está decidido”, confirman que el proceso fue deliberado, milimétrico y ejecutado sin prisa aparente, pero sin pausa real.
Kennedy, al final, ganó aquellas elecciones de mitad de período. Sheinbaum tiene 2027 en la mira. Y el partido, desde el próximo domingo 3 de mayo, ya es suyo.