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Cuando la campaña se adelanta y el electorado se endurece.

Enero 11, 2026 110

El año preelectoral arrancó como suelen arrancar los tiempos de ansiedad política: con ruido, prisas y demasiadas encuestas. No hay tregua. La campaña ya está en la calle y en el celular, aunque oficialmente nadie la haya declarado. Es la forma de hacer política, no ha cambiado solo que ahora llega directamente a manos del ciudadano. Primero se prueba el terreno, luego se empuja la narrativa: positiva, de contraste o de plano totalmente negativa.

Las encuestas, omnipresentes y estratégicamente filtradas, juegan hoy más al ánimo que a la estadística. No buscan tanto medir como influir. Funcionan como termómetro emocional: sirven para cohesionar al voto duro, desmoralizar al indeciso y mandar mensajes internos. “Vamos bien” se traduce en disciplina; “vamos mal” se convierte en llamado de emergencia. La precisión es secundaria; el impacto, no. 

En paralelo, la campaña permanente en redes sociales y medios tradicionales ya dejó claro su objetivo: mantener activado al sector duro del electorado. Ese voto fiel, ideológico, identitario y emocional, sigue siendo el principal activo de los partidos. No es mayoritario, pero sí constante. El problema es que no crece. Y ganar elecciones requiere algo más que convicción: necesita expansión.

Ahí aparece el verdadero talón de Aquiles. Regiones como el Bajío y el norte del país siguen siendo un terreno cuesta arriba. No por falta de mensajes, sino por exceso de resistencia. Son zonas donde el discurso oficial choca con una cultura política más pragmática, más enfocada en resultados económicos, seguridad y certidumbre. El handicap no es coyuntural, es estructural. Y revertirlo en un año preelectoral es como querer cambiar el clima con un discurso. 

Peor aún: hay estados donde el desgaste empieza a notarse. Donde el voto duro ya no alcanza para compensar al electorado flotante que se mueve por decepción, hartazgo o simple cansancio. Ahí el riesgo de un revés es real. No espectacular, pero sí simbólico. Y en política, los símbolos pesan más que los porcentajes.

El arranque turbulento de este año preelectoral deja una lección clara: la narrativa moviliza, pero no sustituye a la gestión; la propaganda fideliza, pero no convence a nuevos públicos. El desafío no está en ganar la conversación, esa ya está saturada, sino en recuperar credibilidad donde se perdió y abrir grietas donde hoy hay muros.

Porque al final, las elecciones no se ganan solo con el aplauso del núcleo duro, sino con el silencio incómodo del votante que todavía no decide… y que cada vez escucha menos.

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Last modified on Domingo, 11 Enero 2026 21:31